Paisaje


El paisaje compartido

De vez en cuando, salgo al encuentro de algún paraje singular con mi caballete de campaña y acompañado por otros amigos a los que también les entusiasma pintar del natural. Cada uno invita a los demás a conocer algún lugar hermoso o pintoresco, que es la palabra especialmente ideada para reconocer el magnetismo de ciertos rincones insólitos y atractivos. El valle de Ricote, las montañas, el pantano y las calles de Orcheta, los palmerales y pinedas del cauce del río Chícamo, los almendros en flor de las faldas de la sierra de La Garapacha, los roquedales y ensenadas de nuestro litoral…

Salimos temprano para aprovechar al máximo las horas de luz. Resulta curioso observar cómo, llegados al sitio, nos desparramamos por el entorno y cada artista escoge un emplazamiento diferente o, cuando dos aciertan a quedarse en el mismo punto, descubrimos que cada uno mira hacia un lado. Los chinos dirían aquello de un solo paisaje y diez mil artistas con diez mil visiones. En Occidente nos quedamos con la interpretación freudiana del ego exacerbado de los artistas, que, en definitiva, regala cierta variedad a unas vidas más bien anodinas.

Empezamos a pintar y, al rato, “visitamos” a los demás colegas para sorprendernos con las muchas maneras de afrontar la representación del escenario en cada lienzo.
A mediodía, suspendemos nuestro trabajo para sentarnos a compartir las viandas que llevamos y comentamos las obras de los compañeros.

Con la experiencia, una tela que en el estudio tardaríamos varios días en pintarla, aquí, estimulados por la inmediatez del momento, apremiados por la luz tornadiza y voluble, somos capaces de acompasar nuestra manera de plasmar el motivo y agudizamos nuestra capacidad de síntesis para que el cuadro quede acabado antes de la puesta de sol. A menudo, incluso pintamos varios lienzos. Disfrutar de la camaradería es muy gratificante, y muy alentador, asistir al prodigio de la tela que trajimos inmaculada y que regresa a casa violentada con los garabatos que suman nuestra particular interpretación de un entorno que valía la pena visitar, recuerdo personalísimo de una jornada diferente en la inexorable sucesión de los días.

Cada composición entraña diversos misterios. Uno de ellos es el del acabado. Ciertos cuadros te piden que insistas hasta dejarlo todo definido. Otros te satisfacen con la mera exposición de cuanto pretendes sugerir. Y, en ocasiones, un lienzo abocetado sugiere mucho más que el cuadro acabado. Es el preciso instante en que todo es posible todavía. Tengo muchos de esos lienzos que apenas muestran lo que me proponía arrebatarle a la modelo o al paisaje. En estas páginas podréis ver algunos de ellos que, seguramente, no terminaré nunca, porque tal y como se hallan satisfacen mis expectativas.