Cuentos


La ansiedad de la propia vida sublimada en mil fantasías extrañas

En mi adolescencia, que es palabra que parece destinada a diagnosticar alguna rara enfermedad o trastorno psíquico, escribí algunos cuentos en los que puede rastrearse las lecturas que incendiaban mi apertura al mundo: desde Chejov y otros escritores rusos hasta Poe, Twain, O.Henry, McCullers y Hawthorne, entre los norteamericanos, y muchos otros cuentistas y novelistas europeos, chinos, hispanoamericanos…

Hacia los dieciocho años, empecé a dibujar tebeos y, pronto, me escribía yo mis propios guiones.
Cuando el deterioro del mercado me dificultó el seguir dibujando historietas, continué fantaseando figuras y escenarios al óleo y, de paso, me soltaba con una técnica que frecuenté poco.

Y, cuando me venía alguna idea atractiva para un argumento, como ya no escribía los guiones para mis tebeos, pues tomaba nota en algún papel. Con el tiempo, aproveché algunas de esas ocurrencias para escribir cuentos.

Tengo un cajoncito rotulado así: “mucho cuento”, que contiene todos esos papelitos con síntesis de relatos. Cuando me apetece escribir y no padezco ninguna obsesión, examino las notas que guardo en ese cajón con los esbozos de argumentos, que me acuden tan a menudo, y, si uno de ellos me cautiva o veo con claridad cómo desarrollarlo, me pongo a estructurar la trama.
A veces, algo que me agrada y sorprende consiste en mezclar en un solo relato dos o más de esas ideas anotadas en diferentes momentos. A menudo, recurro también al personaje de un cuento anterior para que protagonice nuevos enredos, contando con la complicidad de los lectores, que se reencuentran con un viejo conocido, del que se les va desvelando inéditos aspectos.

Dejo aquí varios de mis cuentos para quien quiera leerlos.

De primera intención

En el ángulo inferior izquierdo del lienzo destaca el nombre del cotizadísimo artista. No cabe la menor duda: es su firma, y la galería te da un certificado de autenticidad. Pero el cuadro está sin pintar; no es más que un lienzo en blanco.
Alto, flaco y desgarbado, teñida la despoblada melena y la chupa de cuero cuajada de cadenitas, visto de lejos, no parece el patético viejecito que en realidad es. Se le podría confundir con alguno de los operarios del taller, pero es él quién da las órdenes, y muy precisas. Sabe exactamente cómo quiere las molduras en sus lienzos y le tiene sin cuidado que sea la primera vez que un pintor les lleva a enmarcar toda una exposición antes de pintarla.
Todos los cuadros están vendidos. Cuarenta y tres lienzos, casi todos de gran tamaño. Cuarenta y dos, porque queda éste. Es cierto, te parece que no hay nada pintado en él, pero quién sabe si no es lo que el artista quería, puesto que lo firmó pese a estar en blanco.
El dueño de la sala de exposiciones comprueba telefónicamente que a algunos de sus mejores clientes les llegó oportunamente la invitación cursada la semana pasada a dos mil coleccionistas e inversores y le confirman su asistencia a la inauguración esa misma noche. El recadero de la imprenta acaba de traer una primorosa edición que reproduce fragmentos ampliados hasta la abstracción de obras que figuran en diversos museos de todo el mundo y primeros planos en contraluz del rostro feo pero vivaz del artista, de sus manos huesudas, la paleta y los pinceles y algún rincón del estudio o de una sesión de pintura en su jardín. No se recoge ninguno de los cuadros que se expondrá hoy.

En realidad, esta obra que el pintor dejó en blanco, también está vendida, puesto que el galerista tiene a una docena de clientes deseando que te decidas a no quedártela.
A ambos lados de los escaparates, aparcan sendas furgonetas del más prestigioso restaurante de la capital y el cocinero y los camareros comienzan a desplegar sus más exquisitos manjares sobre las mesas que se extienden por la sala en toda su vastedad para dar la bienvenida a los visitantes. El galerista marca sin cesar el teléfono del pintor y suda copiosamente al no obtener la ansiada respuesta. Todo está listo para la inauguración dentro de un par de horas. Sólo falta el artista… y los cuadros.
Cien mil euros no es dinero para ti, pero te fastidia imaginar los comentarios de tus amigos frente al lienzo en blanco.
No había por qué preocuparse tanto. Ya llegan los enmarcadores con sus cuadros cuidadosamente protegidos con embalaje de burbuja. Y el pintor aparece tras ellos para pedirles que los desembalen y cuelguen en los espacios que él considera más adecuados para cada formato. La complacencia del comerciante se transforma en pánico cuando descubre que, uno tras otro, todos los lienzos enmarcados están sin pintar.
El caso es que en tu colección, una de las más completas de pintura figurativa contemporánea, no cuentas con ninguna obra de este genio.
El artista no pierde la calma y le pide al galerista que no le ponga nervioso y saque de la sala a todos los operarios y camareros. El buen hombre apenas alcanza a protestar débilmente. Queda menos de una hora para la inauguración. El pintor cierra las cortinas de los escaparates, echa a todo el mundo y se queda a solas con sus lienzos. Se viste una bata blanca larga e impecable y quita las bebidas dispuestas sobre un carrito para ordenar en su lugar poco más de media docena de enormes botes de pintura al óleo en torno a una ensaladera llena de aguarrás.
Preferirías pagar el doble por un cuadro con alguna mancha…
Durante escasos segundos, el artista examina cada uno de sus lienzos y parece evaluar atentamente las posibilidades, lo que le sugieren las proporciones de cada uno de ellos, el marco que escogió y, entre tanto, descuidadamente, va garabateando su firma en todos. Dentro de cuarenta y cinco minutos se inaugura la exposición.
Lo tomas o lo dejas.

A continuación, sin más pérdida de tiempo, frenéticamente, se desplaza de uno a otro extremo, caprichosamente, introduciendo, como enloquecido, las manos en el arco iris del carrito para depositar el color de su caricia en éste o en aquel cuadro. Los pigmentos puros, diluidos con aguarrás, se mezclan en su bata para crear al instante los más delicados matices que, con el virtuosismo casi pianístico de las yemas de los dedos, de las manos enteras, de los cantos o de los nudillos, orquestan las más variadas formas sobre los soportes. Dos manchas amplias, tres huellas digitales y una prolongada línea desgarrada bastan para conformar un desnudo femenino de formidable dinamismo. Un improvisado círculo en lo alto, contempla cómo se estira distorsionada y melancólicamente su reflejo al pie. Otros trazos, tan escuetos, casi ágrafos, no dejan apenas margen para la interpretación, pero nadie osará inquirir del artista un significado. Dentro de media hora, los invitados podrán contemplar estas obras maestras.
No, ni lo pienses. Ahora, nadie va a venderte un cuadro suyo, ni pagando el doble.
El aguarrás celeste llueve sobre el horizonte lejano de una pastosa, infranqueable cordillera de violetas y cobaltos en trepidante sacudida sísmica, apenas compensada por los verdes que posibilitan la transición a los sienas del primer plano inferior. El blanco del lienzo anula contornos y funde las formas, que afirman su esencia en los reductos de sombra que tan furibunda fuente de luz no alcanza a violar. Oleadas tan sólo de color carne, el erotismo parece derramarse para anegar la entera escena. Enhiestas huellas de dedos, como árboles desafiantes que delimitan confines, que deciden de qué lado queda el espectador. La materia adherida, desvelando la morfología del soporte; la textura del lienzo, alterando la apariencia de la pincelada táctil. Apenas nada, sugiriéndolo todo.
Y no puedes quejarte. Tampoco tú te desprenderías de un cuadro suyo ni aunque te pagaran diez veces lo que te costó.
Sólo quedan diez minutos para la hora señalada para la inauguración de la exposición. Las aceras están desbordadas por los grupitos de gente elegantemente vestida que aguardan el momento en que se les invite a contemplar los cuadros. La calle está tan poblada, que los coches no pueden circular y la policía los desvía en las esquinas de los alrededores. El galerista, sudando, nervioso, corre de un grupo a otro solicitando una calma que, en realidad, sólo él mismo necesita, puesto que todos se encuentran allí relajados y dispuestos a pasárselo bien.
Tienes que quedarte el cuadro.

Apenas cinco minutos antes de la hora anunciada para el acontecimiento, el propietario irrumpe en su sala, decidido a exigir del artista que se deje de excentricidades y que permita la entrada de su público, que quiere disfrutar viendo sus pinturas.
Tienes que quedarte el cuadro sin pintar para que ese imbécil de la galería se embolse un treinta por ciento de tus cien mil euros.
El artista, desconsiderada, brusca y groseramente interrumpido en plena efervescencia creadora, a punto de culminar el orgasmo que alienta su vanidad, cuando se disponía a plasmar la síntesis de la idea intuida en el último lienzo, se vuelve hacia el mercader, presa de legítimo e irreprimible ataque de ira, y, uno tras otro, le arroja sus botes de pintura, la ensaladera del aguarrás y las botellas de vino que encuentra más a mano… A la furia creadora, sigue la orgía destructiva.
El imbécil que irritó al artista, justo cuando se disponía a manchar tu cuadro, cinco minutos antes de la inauguración. El imbécil que le provocó el ataque que, de manera fulminante, acabó con su vida esta misma noche.

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La voz perdurable

I

La primavera de 1747 aviva los colores de Roma con la simetría de los incendios con que renace la ciudad cada alborada y desfallece cada anochecer. Por encima de los comedidos frescos del Perugino, Botticelli y Ghirlandaio, flota en el cielo compartimentado de la Capilla Sixtina la pesadez detenida de esos seres grotescos que Michelangelo Buonarroti concibió con unos pechos ínfimos que parecen burlar la anatomía hipertrofiada de las atletas que los lucen, como si no fueran otra cosa que tristes notas mal impostadas.
Entre ocho y once años de edad parece tener la veintena de niños que muy disciplinadamente se adentran en el recinto, sin más alboroto que el de sus alegres vocecillas proclamando las confidencias de su asombro y el contenido hollar de sus zapatitos.
Un hombre flaco y de llamativa estatura sonríe complacido, precediendo al grupo, y se detiene en el centro mismo de la capilla, volviéndose hacia las criaturas, que, a su vez, frenan el avance de la horda de angelicales invasores tan pronto como todos rebasan las rejas que los separan del transepto. Un cura barrigón y ceñudo, que casi desborda su sotana, guarda la cola de la comitiva.
– A vuestra derecha, podéis contemplar el estrado de la Cantoría, escenario en el que unos pocos de entre vosotros, tan sólo los mejores, los más extraordinarios, alcanzaréis la gloria, sumando el brillo de vuestras voces a la pompa de las ceremonias del santo padre.
Habla con la sonrisa complacida de quien se aviene a conceder mercedes, gracias y favores, y con la fatua gravedad del que se sabe dueño de tan inagotables riquezas. Su increíble y luminosa voz de soprano acrecienta el fulgor de los tesoros que maneja.
Y la extravagancia de los frescos miguelangelescos parece un guiño simpático para los niños, burlando tanta solemnidad.
– ¡Qué espanto! ¿Cómo puede decir su misa el papa mientras se cierne sobre él tanta fealdad?
Al flaco guía de considerable estatura se le hiela la sonrisa que obsequiaba.
– ¿Qué dices, Drino? Las pinturas del Buonarroti son una de las cimas del arte occidental ¡Nada menos que nuestro mejor artista! ¡¡El más completo de todos!! ¡¡¡El más!!!
El niño se muerde los labios, pero ya es tarde para callar.
– Mi madre se deleita con sus poemas y mi padre asegura que por sus mármoles fluye la vida con mayor aliento que por las venas de los mortales, Maestro Guizzardi, pero sus frescos resultan estáticos, como las notas mal ligadas en el teclado del pianoforte.
El larguirucho intenta conciliar el desdén y la lástima en la mirada con que reprueba al niño.
– ¿Qué puede saber de arte tu padre, pobre barbero? Eres el mejor de mis alumnos en solfeo y tienes una voz inigualable, Drino, pero, si quieres hacer carrera en la Iglesia, debes adornarte con la humildad antes que con la soberbia.

II

El vuelo tan sólo enunciado de un inmenso pino refresca la fachada de las casitas que dan a poniente en la placita que regalan unos palacios derribados en la orilla izquierda del Tíber, algo más allá del Castillo de Sant’Angelo.
– Yo te quiero mucho, Sandro, Sandrino, mi Drino, y no voy a consentir que te dañen.
Sentados en la umbría, los niños no alcanzan a ver la corriente, pero les llega su contenido rumor, como si, fatigado, ascendiera por el terraplén que permite acceder hasta el embarcadero.
– Nadie va a dañarme, Valeria. Eres miedosa, como todas las niñas.
Las tremendas blasfemias del carretero que azota a sus mulos para que salven la empinada pendiente laceran el azul celeste, casi divino en la insondable profundidad.
– Ya no soy una niña, Drino. Tengo un año más que tú y acaba de venirme mi primera regla.
El niño de la voz inigualable reprime la emisión de cualquier sonido pero no puede controlar la evidencia de su perplejidad.
– Esto no es cosa de mujeres. El Maestro Guizzardi es uno de los cantantes que cuentan con el favor del santo padre y sabe lo que más me conviene.
La niña se desgarra entre el dolor y cierta indignación que convergen en el estallido de su llanto y en una fuga apresurada.
– ¡Tampoco es cosa de hombres lo que ellos dicen que te conviene!

III

Las sucesivas arcadas del claustro sumergen el patio del seminario en la sombra y, a esta hora de la mañana, sólo los pajarillos escuchan los interminables ensayos de esos niños que pretenden rivalizar con sus trinos.
– La técnica del melisma nos permite cambiar la altura de una sílaba musical mientras la cantamos. Si sustituimos una nota larga por una sucesión de notas breves, le conferimos a nuestro canto una vibración que lo torna más rico.
Acto seguido, el pequeño Drino se aparta las greñas del flequillo y completa su explicación con una breve y conmovedora muestra de canto melismático.
– Magnífico, Drino. Conoces la teoría y dominas la técnica.
El Maestro Guizzardi pasea entre esos barquitos varados que son los pupitres alineados que se diría pilotan los chiquillos cantores. Quiere aparentar cierta elegante indiferencia y hasta desgana, pero realmente ama a sus niños y está orgulloso de la obra maestra que, muy trabajosamente, va esculpiendo con sus voces.
– En cualquier escuela romana de canto, estudiaríais literatura y dedicarías una segunda hora a cantar las piezas más difíciles y otra a emitir trinos y una cuarta hora para el estudio de los pasajes ornados. Y todo ello no sirve de nada si, cantando ante un espejo, no se logra contener los movimientos superfluos del cuerpo y reprimir las muecas del rostro, para aparentar la mayor naturalidad.
Los críos están acostumbrados a estas previsibles arengas de su maestro y se las toman como un pequeño descanso para escuchar la lluvia en los cristales.
– Después de la comida, continuaríais con la literatura, media hora para la teoría musical y otros treinta minutos para la escritura del contrapunto, que, luego, se copia al dictado durante una hora. El resto de la jornada se consagra a tocar el clavicémbalo y a componer música vocal, ya sea sacra o profana.
El final de su discurso, calculadamente, lo desgrana de espaldas a sus alumnos, con las manos resignadamente enlazadas sobre los faldones de su casaca, mientras parece escrutar el destino de cada uno de ellos en la penumbra asentada en la soledad del patio.
– Pero ésta no es una escuela cualquiera de canto. Nos cabe el honor de que el santo padre nos confía la elección y preparación de las mejores voces para que puedan lucirse en su presencia y contribuyan al esplendor de sus ceremonias. Nuestros días tienen veinticuatro horas, pero, con dedicación y entusiasmo, conseguimos que éstas sean más intensas, y vuestra preparación, insuperable.
El Maestro Guizzardi, teatralmente, se vuelve hacia su infantil auditorio y, paradójicamente, pone el énfasis en sus últimas palabras, que formula casi con desmayo.
– “Mulier taceat in ecclesia”. “La mujer calla en la iglesia”, por lo que se nos encomienda la misión de preservar vuestras voces agudas para representar los papeles femeninos que puedan requerir las obras que se estrene en recintos sagrados.

IV

Las casas de Drino y Valeria tienen a sus espaldas sendos huertos que se extienden hasta la acequia que discurre paralela al Tíber. Al atardecer, los niños caminan a uno y otro lado de la empalizada que separa los respectivos bancales de frutales hasta que llegan al canal, en donde bruscamente acaba la valla. Allí, él se desnuda y se lanza de cabeza a la corriente desde lo alto de los tablachos que deciden el curso de las aguas por los regadíos. Ella se queda en camisón y, aterida, se adentra lentamente en la poza que propicia la presa.
– Mi padre es un comerciante con buena estrella, Sandrino, y aprecia al tuyo desde que iban juntos a la escuela. Le agrada que también nosotros seamos buenos amigos y quiere lo mejor para ti. Piensa que nos casaremos cuando seamos mayores.
– El mío es un pobre barbero empeñado en que su hijo medre al amparo de la Iglesia gracias a la voz que Dios le concedió.
El niño sale del agua para trepar hasta la orilla y volverse a lanzar de manera más arriesgada.
– Pues deja que tu voz se desarrolle sin contrariar los designios divinos.
– Sólo soy un niño. ¿Cómo podría decidir mi destino?
Valeria trata de conciliar la admiración que le producen las proezas acrobáticas de su amiguito con cierto secreto despecho.
– Si nos casamos, Drino, tendrán que renunciar a ese horror al que quieren someterte.
– ¿Qué puedes saber tú de eso, si sólo eres una niña?
Ambos críos se hallan parados en la orilla del cauce y el agua les llega hasta la cintura. La mano derecha de Valeria bucea procurando los genitales del chiquillo.
– Ya no soy una niña. Soy una mujer. Te quiero tanto, Drino, que no soporto la idea de que tú dejes de ser niño sin llegar a convertirte en un hombre.
– Cantaré para el papa y seré maestro de Música.
Drino sujeta la mano derecha de su amiga, sin que ésta libere su presa. Con la izquierda, Valeria toma la mano de él y se la restriega voluptuosamente por los pechos, a través del escote de su camisón.
– Te estás excitando, Sandrino. Si me quedo embarazada, no les quedará más remedio que renunciar a esa barbaridad de mantener tu voz de soprano.
– Bésame, Valeria…
La chiquilla se abandona, de espaldas, sobre el talud de la acequia y el niño se inclina sobre ella, estremecido por el placer que inflama su virilidad entre las piernas de la mujercita.
– Más fuerte, cariño. No creas que te rechazo, es que, la primera vez, tenemos que vencer esa… esa… ¡Ay!.. ¡Oh!… Sí, sí, sí…
– ¡Qué gusto, Valeria! Mira el agua, ¿de dónde sale esa sangre?

V

Con cierta jovialidad, el Maestro Guizzardi pretende disipar el aire de conspiradores con que irrumpen en la barbería los integrantes de la dispar comitiva. Una mujer los conduce hasta un cuarto interior, en el que amplios y altos ventanales iluminan la blanca superficie de una bañera, dispuesta en el centro como si fuera un altar y rebosante de leche.
– No tienes que temer nada, Drino. Es tu propio padre quien te va a… a examinar. Es un buen barbero y conoce su oficio.
El niño no parece muy decidido, pero el orondo cura comienza a desnudarlo a toda prisa para evitar cualquier eventual cambio de opinión.
– También a mí me sometieron a esta mínima intervención cuando tenía tu misma edad y, gracias a las manos del barbero, puedo contribuir con mi voz de soprano al brillo de las más espléndidas ceremonias de la Iglesia.
Nervioso y escamoteando sus manos en la espalda, parece que el padre de Sandro aspirara a desvanecerse, como si juzgara su presencia errada e inconveniente para la ocasión.
– Estoy seguro de que tú frecuentarás la Cantoría de la Capilla Sixtina y el papa se deleitará con tus trinos.
Despojado de sus ropas, la extrema palidez del chiquillo revela el desmayo, producto de la conmoción del decisivo instante que vive. Cuando se habla de desfallecimiento y de agonía, más cabe a la gramática contemplar el morir que el vivir. Y su propio maestro y el cura tienen que levantarlo por las axilas para introducirlo en la bañera, como si amerizara.
– Llevo más de medio siglo consagrado a la educación de las mejores voces y nunca escuché otra tan portentosa como la tuya. Sería un terrible pecado dejar que la naturaleza te la arrebatara con las caprichosas y desatinadas mutaciones que propicia la adolescencia.
El barbero, remangándose la camisa, se aproxima a la tina y descubre el instrumental que tiene dispuesto junto a ella, pero, angustiado, vuelve a cubrirlo con el paño.
– Bastará un momento para que tu padre, con la ayuda de Dios todopoderoso, conjure el peligro y conserve tu más prístino timbre.
Sentado junto a la bañera, el hombre suda copiosamente, intentando sobreponerse a su agónica ansiedad, y sumerge sus manos en la leche, buscando los genitales de su hijo.
– No temas, precioso. No temas nada. Confía en papá, tesoro…

VI

El otoño de 1798 aplaca los ardores de Roma con la inflamada paleta de sus dos cotidianos crepúsculos. Sus superiores se obstinan en que le llamen don Sandro, guardando las distancias que imponen un respeto impostado, pero al anciano le divierte que sus alumnos de canto le interpelen con el familiar y amistoso don Drino, que, tal y como él mismo formula cursimente, si bien es cierto que no le devuelve su lejana infancia, no lo es menos que logra rescatar el eco descolorido de algunas emociones extraviadas por la senda de una vida que se reduce a un lento morir.
– ¿Quiere usted que le muestre mis partes pudendas?
– ¡No sea usted destemplado, don Sandro! Esas groserías resultan indignas de un sacerdote!
El director del Seminario se muestra muy contrariado por el desagradable cariz que adquiere su entrevista con el mejor de sus profesores de Música y el azoramiento le genera una riada de hilitos de sudor que se deslizan por todo su cuerpo y, al notar su cosquilleo bajo la ropa, se incrementa su nerviosismo y manan nuevos ríos subterráneos del inoportuno fluido…
– No se enfade usted, don Guido. Considere que, a mi edad, es lógico que quiera disponer todo lo relativo a mi entierro, ya que cabe esperar mi muerte en cualquier momento.
– Pues yo no puedo consentir que se le dé sepultura en campo santo. Sabe usted tan bien como yo mismo que la Iglesia no admite en sus cementerios a cristianos incompletos.
– ¡Pero yo me conservo completo! ¿Por qué no ordena usted que me examine un cirujano de su confianza?
Por la ventana afluye la suma de las voces de un coro infantil, que con su abigarramiento revocan la austera desnudez del despacho del director .
– No es necesario, don Sandro. Sea usted honrado consigo mismo. Usted mantiene su portentosa voz de soprano gracias a una oportuna intervención quirúrgica en su infancia.
– Con el debido respeto, don Guido, se equivoca. No sufrí amputación alguna.
El director, esforzándose denodadamente para contener un ataque de ira, se levanta e interpela a su profesor de Música de pie, junto a la puerta, conminándole mudamente a abandonar su despacho, dando así por zanjada la discusión.
– ¡Basta ya, don Sandro! Tenga usted la entereza de reconocer que es un castrado, el más sobresaliente de entre todos ellos… No malogre usted al final de su vida una carrera impecable consagrada a la Iglesia y al arte del canto.
– La Iglesia lo prohíbe, es cierto, pero permite que se mutile salvajemente a unos niños para que puedan sustituir en su seno las voces de las mujeres que no admite en las obras que los músicos componen para su ornato. Y cuando fallecen esos desdichados, víctimas de semejante monstruosidad, nuestra piadosa y humanitaria Iglesia les niega la sepultura en campo santo porque son cristianos incompletos…
El abatido maestro de Música, náufrago en la mar de su desorientación, tarda unos instantes en levantarse y sale del despacho casi sin advertir la amenaza del furioso director.
– ¡No sea usted blasfemo, don Sandro, justamente en la hora de rendir cuentas a Dios nuestro Señor!
– ¿Acaso son cristianos incompletos los ciegos y los mancos? No lo son por propia voluntad, claro. En cambio, los niños sí que deciden libremente ser castrados… y, en ese momento, son conscientes de que están renunciando al amparo final del campo santo. Si bastara la simpleza de una blasfemia para contrarrestar tanta estúpida e innecesaria maldad…

VII

El invierno de 1798 desdibuja los precisos contornos que, conjugados por los avatares de su historia, enuncian la ciudad de Roma y la desleída frialdad de sus celajes cancela los últimos rescoldos que alientan en un don Drino consumido por la amargura regurgitada con tanta frustración.
– Nunca somos del todo libres, ni de niños ni en la vejez que acumula tanta experiencia y hasta alguna sabiduría. Conocemos el error que escogimos, pero ignoramos si la alternativa habría resultado peor todavía.
La mujer mira al moribundo, que, derrumbado en su sillón, apenas parece consciente de su presencia.
– Cuando te fuiste al Seminario, yo te aseguré que siempre te guardaría un lugar en mi corazón, pero no es cierto. No tenías un lugar, tú desbordabas todo mi corazón, Drino. Pero el paso del tiempo lo erosiona todo y, ahora, sólo eres un recuerdo que no ocupa espacio alguno en mi corazón.
La mujer le pide al hombre que la acompaña que se adelante hasta la lluvia de luz que se precipita por el ventanal para que pueda verlo el anciano.
– Éste es nuestro hijo Adriano, al que nunca reconociste para que no entorpeciera tu carrera sacerdotal. Él se ocupará de reclamar que te entierren en campo santo y nadie se atreverá a objetarle que su padre era un cristiano incompleto.

Juan Espallardo

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