Paisaje


El depredador de escenarios.

Elegimos un lugar para vivir o, bien, es ese sitio el que nos escoge a nosotros para que lo habitemos. Disquisiciones absurdas, pedante palabrería… Lo cierto es que no nos atrae un solo espacio y que los artistas gozamos la potestad de representar en nuestros lienzos muchos de esos ámbitos deseables, muchos de esos escenarios que nos magnetizan con su hechizo.

Podemos pintar y especular con tantos paisajes que amamos sin necesidad de incurrir en la infidelidad con aquel que nos determina. Es algo así como si un novelista escribiera las diversas existencias que le gustaría vivir sin renunciar en la realidad a la más apasionante de todas ellas, que es la que le regala los avatares que suman su biografía.

La depredación infligida por el artista al paisaje es doble. Por un lado, selecciona la luz de un preciso instante y la composición que consiente un determinado punto de vista, para descontextualizar, así, la imagen fragmentaria. Por otro, además, altera la percepción de una realidad que le es ajena y hasta indiferente, con sus prejuicios y con las limitaciones que le imponen su talento y su destreza.

Y, después de todo, pretende que admiremos su engendro, reconociéndolo como obra de arte, y que se lo compremos, pagando un alto precio.