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En la segunda mitad del siglo XIX, se inventa el fotograbado. Hasta entonces, el artista realizaba su dibujo y, a continuación, él mismo o el grabador lo pasaban a la plancha con la que se estampaba las copias. Tanto si el es el propio artista quien se ocupa de pasar su dibujo a la plancha como si lo traslada un experto grabador, el dibujo original pierde parte de su frescura.

El fotograbado, en cambio, obtiene la plancha mediante negativo fotográfico directamente del dibujo del artista. Sin intermediarios que desvirtúen sus trazos. Es un procedimiento desconsiderado, como algo poco artístico, pero que yo estimo mucho por su fidelidad al trazo espontáneo del artista.
En la misma época, los impresionistas practicaban la descomposición de los tonos con que resuelven sus cuadros, dando lugar a la repetida observación despectiva de que “de cerca no se ve nada; hay que alejarse para que el motivo cobre forma y adquiera sentido”.

Por el contrario, yo considero que los impresionistas nos regalan dos cuadros en un solo lienzo. De cerca, nos sorprende un maravillosos juego de manchas en el que el grafólogo puede rastrear el carácter del pintor, y, de lejos, vemos con asombro cómo esas mismas pinceladas, de incongruente apariencia, conforman rotunda e inesperadamente la escena pintada.
Dejando a un lado aspectos como la especulación y la vanidad del coleccionista, que subyacen en los impulsos que mueven a poseer las obras de los artistas, tenemos que reconocer que no existe reproducción comparable a los cuadros o a los dibujos originales.

Fotos de los cuadros o dibujos originales, como las que aquí se puede ver, tienen la ventaja de la luminosidad que les presta la pantalla, restituyendo a las obras algo de su vivacidad.
Cuando tenemos los originales en casa, se nos concede el privilegio de saborearlos de lejos, de cerca y hasta con lupa. ¿No se te ha ocurrido nunca mirar un dibujo o un cuadro con lupa? Prueba, prueba… y verás.