Tebeos


¿Quieres sentirte Dios?

Si una mujer enfermiza queda embarazada de un alcohólico que la maltrata, aquí y hoy, casi seguro que aborta para no arrostrar los riesgos de una criatura con terribles malformaciones. Con los mismos antecedentes, en Bonn y en 1770, nació Ludwig van Beethoven y nos regaló su música maravillosa. ¿Y si el genio hubiese nacido en la remota isla de Bali a finales del siglo XVIII? No os quepa la menor duda de que, con semejante capacidad para manejar el pensamiento abstracto, en general, y las matemáticas, en particular, sería el compositor más celebrado de variaciones ritmo-melódicas para el gamelán, ese sorprendente conjunto de instrumentos que abarca desde el xilófono hasta el gong. ¿Y si nace en una familia inmensamente rica? O muy pobre…
Este tío viene para contarnos no sé qué de tebeos y se pone a hablarnos de música y, si nos descuidamos, nos suelta una arenga contra el aborto.

¿Qué tiene que ver la música con los tebeos? Para destacar la importancia de la genética a la hora de capacitar a cada individuo más para determinadas actividades que para otras, podría recurrir al ejemplo de Leonardo da Vinci o Pablo Ruiz Picasso, puesto que la pintura está más ligada con la historieta, pero, si queremos enriquecernos culturalmente, intentaremos entender y disfrutar cada una de las artes, no sólo las plásticas, y esa mirada amplia, lejos de suponer una dispersión perjudicial, potenciará cuanto realicemos.
¿Porqué nos enseñan a decir artes plásticas, en femenino, y, al mismo tiempo, nos confunden obligándonos a hablar de arte moderno o de arte italiano, en masculino? El arte, las artes: a esto se le llama femenino equívoco. De acuerdo, en singular, con artículo masculino, y en plural, con artículo femenino; como el hada y las hadas. Pero tenemos que respetar siempre la concordancia de género: nadie discute que se dice el hada madrina y las hadas buenas; pues bien, la misma norma nos autoriza y obliga a tratar de el arte antigua y las artes europeas.
¿De dónde viene el error? Un ignorante se equivocó y generaciones de gilipollas, que actúan sin reflexionar, siguen bendiciendo hoy la metedura de pata. Una cosa es que el idioma español evolucione y otra bien distinta que consintamos que nos lo corrompan tontamente.

Estamos rodeados de incompetentes. Es lo que se llama el ambiente, que constituye el segundo elemento que influye en la conformación del carácter, de la inteligencia de cada persona, y determina las aptitudes que tendrá para dedicarse a una actividad. ¿Os acordáis? El primero era la herencia genética.
Los científicos que estudian hoy la disyuntiva entre herencia y ambiente, se suelen inclinar a concederle mayor protagonismo a la influencia del ambiente. Yo estoy de acuerdo en que el medio y la educación son más importantes, pero no olvidemos que la herencia es previa, inamovible y determinante.
No es lo mismo crecer en un hogar en el que ves a tus padres leyendo en buena armonía y contar con unos maestros que te estimulen la formación de tu propio criterio, que nacer en una casa en la que tus viejos se dedican a beber y a disputarse el mando a distancia de la tele, y sufrir el desinterés de unos enseñantes y educadores necesitados de su propia medicina.
Bueno, pues lo más importante, sobre todas las cosas, será siempre tu voluntad, que vendrá determinada por la herencia genética y la educación y el ambiente. Serás una persona impulsiva o pusilánime, y lamentarás haberte precipitado o el no decidirte a actuar.

Mi amigo Gabino Busto, del Museo de Bellas Artes de Asturias, le atribuye a Aristóteles la anécdota de un discípulo que, enamorado de una chica, le preguntó al maestro si debía casarse o permanecer soltero. Y recibió este optimista consejo: “Cásate o no te cases; hagas lo que hagas, te arrepentirás”.
Los años de formación constituyen el período más extraordinario de nuestra vida y conviene vivirlos con apasionamiento para que resulten más provechosos.
Si no te atrae la Medicina y la estudias únicamente para tener un empleo seguro, padecerás largos años de agobiantes exámenes y, como mucho, serás un mediocre facultativo, frustrado porque no escogiste lo que en realidad te gusta.
Cada día, dormimos cerca de ocho horas, de las que, ignoramos si lamentable o afortunadamente, apenas tenemos consciencia. Otras ocho se nos van en satisfacer necesidades logísticas, higiénicas y fisiológicas, como ducharnos, fregar, poner lavadoras, cocinar, comer, enamorarnos y disfrutar otros ocios. Por tanto, a lo que más tiempo le dedicamos es al trabajo. A un trabajo que nos ilusione y hasta divierta o que nos amargue. Comer para trabajar o trabajar para comer.
Vivimos el espejismo de la sociedad del bienestar, que nos concede casi todos los derechos. En verdad, somos unos privilegiados porque nos hayan nacido, accidentalmente, en esta esquina del globo, y es que, por muy paradójico que resulte, esta esfera que nos cobija a todos sí que tiene aristas, y si no, que se lo pregunten a los españoles que emigraban a Alemania en los años sesenta para escapar de la servidumbre del campo, o a esas oleadas de desharrapados que se aferran a las alambradas de espino con que, en vano, pretendemos frenar sus sueños de acceder al paraíso, a veces, los mismos que décadas atrás sufrieran la marginación a manos de los europeos más ricos.

Podemos estudiar gratuitamente y, seguro, nuestros padres se permitirán mantenernos unos pocos años más. Si estudias lo que te gusta, te resultará fácil y conseguirás la beca. Si, por el contrario, escoges lo que no te agrada, simplemente porque hoy tiene más salidas, se te atragantará y, para cuando obtengas tu título, igual ya no tiene tanta aplicación. Recuerda que vivimos en un mundo que cambia con una velocidad de vértigo.
– Y ¿cómo sabe uno que quiere ser dibujante de tebeos? En Bonn y en 1770, ¿te dedicarías a la creación de historietas? ¿Y en la remota isla de Bali…?
Yo recuerdo vaga y cariñosamente al niño que alentó con mis riñones y con mi corazón. Soy la consecuencia de aquella criatura y lo que de ella queda. A finales del siglo XVIII, no existían los tebeos tal y como hoy los conocemos, ni en Europa ni en Indonesia. Mi facilidad para la representación plástica y mi tendencia a fantasear, me emplearían en Alemania como ilustrador o grabador de los deliciosos libros que nos dejó el siglo de las luces, y en Bali, contaría episodios del Ramayana, realizando marionetas o iluminando la epopeya que llegó desde la India.
En los años cincuenta del siglo XX y en Molina de Segura, mi infancia se encendió con las entregas semanales de aquellos cuadernillos que narraban las aventuras de mil personajes. Desde finales del siglo XIX, los tebeos, como el cine, que surgió algo después, combinan texto e imágenes en feliz promiscuidad. Ciertos aspectos de la narración nos los transmiten con palabras, y otros adquieren forma mediante el dibujo, en las historietas, o la fotografía, en las películas.

Con frecuencia, los niños desarrollan una historia en viñetas secuenciadas y sin texto. Y es que los chinos aseguran que primero fue la pintura y después la escritura. O sea, que la caligrafía es el estadio superior.
Bueno, pues vamos a llevarles la contra a mis admirados chinos. Todo dibujo requiere previamente de su concreción, por somera que sea, en el pensamiento, y todo lo concebido lo asimos y articulamos mediante la palabra, pronunciada o callada. Si esto vale para una imagen aislada, con mayor razón, para una historia desgranada en sucesión de viñetas.
Técnicamente, partimos de un guión, de un argumento, antes de abordar la puesta en imágenes de nuestro tebeo.
– Entonces, ¿qué es más importante, el dibujo o el texto?

¿Recordáis lo que decíamos a propósito del medio y la herencia? Los tebeos, como el cine, nos entran por los ojos, cierto, pero no olvidemos que el argumento es previo y determinante. No es inamovible, desde luego, ya que, sobre la marcha, podremos divertirnos variando, alterando, enriqueciendo el curso de nuestra historia con ocurrencias de última hora.
Yo afirmo que lo básico, lo fundamental, y lo más importante, es el guión de un tebeo. O de una película.
Pero sucede a menudo que leemos pésimas historias con magníficos dibujos; o soporíferas películas con excelente fotografía. Pues bien, no es que, en estos casos, los dibujos sean más importantes que el argumento; simplemente, son muchísimo mejores. Los guiones, incluso éstos, tan malos, siguen siendo más importantes en el proceso de contar nuestra trama.

El tebeo es literatura, como la novela y el cine: parte de la información la transmitimos con palabras y el resto con imágenes. Constituye un conjunto semántico-semiótico, pero nada nos impide, en un momento dado, considerar separadamente el texto y las ilustraciones. Algunos historietistas consideran su obra como un todo y les horroriza la idea de que se aísle su dibujo, considerándolo independientemente del argumento. Ellos mismos, en el caso de que desconozcan el idioma mandarín, cuando se encuentran con un tebeo chino, se apresuran a valorar lo que pueden percibir: la calidad del dibujo, la continuidad de las viñetas, la agilidad narrativa, la expresividad de los rostros, la adecuada ambientación… Y, así, bien pudiera suceder que, siendo ellos muy progres, se maravillasen contemplando un tebeo fascista editado en Taipei, por ejemplo, o que desdeñasen otro, que propagara su propia ideología, e impreso en Pekín.
En cambio, una narración amena e ingeniosa puede atrapar al lector con el apoyo de viñetas mediocremente o incluso mal dibujadas.
– Todo esto… ¿lo pensabas ya de pequeño?
Claro que no. Yo tuve la suerte de nacer en “Torre Anita”, una casa grande, rodeada de un jardín hermoso que la acequia separaba del rico huerto que multiplicaba horizontes al fondo; pero un puente de piedra y otro de rústicos troncos salvaban el obstáculo y propiciaban la escapada y la ensoñación de la aventura. Somos ocho hermanos y la disciplina autoritaria de la época quedaba razonablemente diluida en lo que para una criatura suponían tan inmensos territorios. De niño, no pensaba más que en jugar, encaramándome a los nísperos y palmeras u organizando aventuras para mis figuritas de plástico, y, sobre todo, en leer tebeos y en dibujar mis propias ocurrencias en viñetas.

Un crío no pretende sino divertirse. Ahora, con la experiencia acumulada en años de gozoso oficio, puedo atreverme a sistematizar la enseñanza de una profesión que, entonces, no se estudiaba más que por tu propia cuenta, analizando los tebeos que te parecían más logrados, y, si tenías la suerte de conocer a algún dibujante, ayudándole como aprendiz. Yo tuve el privilegio de iniciarme con Jorge Franch Cubells y con Demetrio.
En primer lugar, concebimos la idea, el núcleo de lo que será nuestro relato. Por ejemplo: cómo se las arregla un niño, rodeado de madre, padre, cuatro hermanas y tres hermanos, para aislarse y disfrutar leyendo y dibujando tebeos, en lugar de estudiar y preparar sus deberes escolares.
Pues ubicamos a nuestro personaje en una casa grande y con jardín y huerto, como la idílica “Torre Anita” en que yo nací. El chico no tiene que preocuparse más que de estar en cada momento en el lugar más adecuado: contemplando la huerta, el río y los tejados del vecindario, desde la torre, mientras las nubes lo observan a él desde su elevada derrota, en plena siesta, cuando a nadie se le ocurriría subir hasta allí para exponerse en semejante solana; o descifrando viejos secretos de familia, investigando entre los muebles, documentos y trastos amontonados en el sótano, en plena noche y a la luz de una candela.
Esto es tan sólo la idea. Podemos pensar en la imagen de una torre melancólica, moderando con su humildad la altiva erección que la define, con sus ristras alegres de ajos y embutidos engalanando el techo, con el burlón reloj solar entre las dos ventanas de medio punto, o en un sótano atestado de espejos con la fatiga de cuanto duplicaron asomada en la lepra del azogue, de sillones de mimbre avergonzados de su incapacidad para mantener la compostura, de marcos que olvidaron la foto que celebran, de libros cuyas páginas se obstinan en preservar la huella de quienes, ayer, se iniciaron en la vida memorizando sus enseñanzas y, hoy, ni recuerdan ni viven… Pueden ser imágenes, sí, pero, al procesarlas con el pensamiento, las aprehendemos con el verbo.

De la idea al argumento. O sea, de la consideración de algunos de los elementos que conformarán nuestro tebeo, a la exposición del relato. Y para plantear, organizar y estructurar cuanto queremos contar, incluso en el caso de que decidamos mostrarlo exclusivamente con imágenes, necesitamos concretárnoslo a nosotros mismos con el texto. Son los materiales literarios.
Pero no deja de ser una limitación gratuita lo de empeñarse en prescindir de la palabra, que tiene una mayor capacidad de evocación, por ejemplo, para transmitir los sentimientos más complejos.
El niño miraba de reojo hacia la puerta, temiendo que lo sorprendieran porque, en lugar de estudiar, se bebía con ansiedad la entrega de la semana del “Pequeño Pantera Negra” que acaba de comprar en el quiosco con el dinero que, por primera y última vez en su vida, le ha robado a su madre. Al mismo tiempo, no podía evitar que una cierta desazón mermara el disfrute de su tebeo favorito. Estaba deseando llegar al final y, sin embargo, le apenaba que acabara la lectura, y que concluyera con el consabido “continuará”, mientras al héroe le acechaban mil fantásticos peligros. Tendría que contener su impaciencia una semana más. Y que perdonarse a sí mismo su primer robo.
La imagen, por sí sola, apenas puede suministrarnos un pálido reflejo de los tan variados sentimientos que embargan a nuestro personajillo. En cambio, las palabras pueden acotar este inasible, nebuloso territorio con mayor precisión.
Se puede entablar conversación recurriendo a la mímica, pero el verbo enriquecerá el diálogo de nuestros actores.
– Has estado todo el día en las nubes y ahora, que tienes que dormir, te pones a dibujar tus tebeos en la cama. ¡Apaga esa luz inmediatamente!
– No tengo sueño; necesito abocetar en el papel lo que me bulle en la cabeza.
– Has perdido el día y, como sigas así, suspenderás todo el curso.
– ¡No quiero que se me escape este instante! ¡Mañana amaneceré encantado por otras ideas y no recordaré la fuente que acabo de imaginar y que ahora me parece lo más maravilloso de mi vida y me inspira mil historias!

La elipsis narrativa es algo así como la administración de nuestro relato. Unos son más prolijos contando y otros sintetizan, confiándonos lo esencial del argumento. Los primeros pueden fatigar al lector, y los segundos se arriesgan a empobrecer su historia o a que no se la entienda fácilmente. Contrariamente a lo que pudiera parecer por lo mucho que me enrollo, yo soy partidario de esta última opción. Se trata de ahorrarnos cuanto resulta obvio; por ejemplo, si queremos contar que a nuestro personajillo le vuelve a suceder algo por el estilo al día siguiente, y al otro, no es preciso contar cómo se despierta, ducha, desayuna, va a la escuela, emplea el día jugando, leyendo tebeos … La elipsis narrativa nos autoriza a transmitir la anécdota en tres viñetas: la primera, en que le exigen que apague la luz, y la segunda y la tercera, en las que lo mostraremos con otro pijama y a su madre con ropas manifiestamente diferentes, lo que evidencia el paso del tiempo, en el mismo dormitorio y recriminándole por perder el tiempo. Si nos enseñan medio círculo o tan sólo una tajada de círculo, nuestra capacidad de percepción, nuestra inteligencia, completará la figura geométrica.
– Aquellos dos del fondo, ya sé que no se perderían nada interesante, pero que hagan el favor de esperar un poco, que ya acabo, y, si se levantan para marcharse, van a molestar a toda la fila.
Tenemos que escoger a los protagonistas de nuestro tebeo y vamos a definir su personalidad, su manera de ser, de actuar.
Nuestro personajillo es inquieto y obstinado, alegre e impulsivo, tímido y parlanchín, educado y rebelde, intuitivo y fantaseador, observador y distraído.
Ahora, necesitamos una cara para nuestro monigote. Un rostro que muestre el carácter que acabamos de esbozar. Llegó el momento de dibujar, sirviéndonos de la anatomía, que reglamenta el estudio de la apariencia de los cuerpos, y de nuestra propia capacidad de observación del natural. Mediante el retrato, recurrimos a personas de carne y hueso y dotamos de mayor credibilidad a nuestros personajes.
Mi lápiz arranca del papel los rasgos de aquel niño flaco y risueño, mirada de brillos húmedos y labios carnosos, mofletes que contradicen la anémica delgadez, manos como alas…

El principiante teme a su incapacidad para mantener el parecido de sus personajes desde diferentes puntos de vista y cambiando su expresión. Esto se resuelve fácilmente si tomamos a un modelo de nuestro entorno para cada protagonista y para cada gesto o actitud, con lo que los dotaremos a todos de personalidad inequívoca.
Por el contrario, el profesional rutinario y con poco talento, acaba dibujando a todas sus figuras con los mismos rasgos.
Lo fácil consiste en recurrir a los estereotipos, a lo ya codificado: un malvado, siempre colérico, cejijunto, fuego en la mirada, colmillos amenazadores…; una chica bondadosa, toda candidez, rubia, mirada cohibida, rasgos regulares…
Lo divertido está en crear tus propios caracteres, alejados de los tópicos, observando la realidad para conformar auténticos retratos, personajes vivos y con carisma.
Aplicando los cánones, nuestras figuras tendrán siempre las adecuadas proporciones. Yo las dibujo con ocho cabezas de altura, para que me queden esbeltas. Cuando estás aprendiendo, un buen ejercicio consiste en garabatear con un rotulador el esquema de cada persona que asome en las revistas que no nos sirvan para otra cosa. Ya sabéis: un melón para la cabeza, un óvalo para el tórax, unas morcillas para brazos y piernas… Después, bocetarás tus monigotes, directamente, con mayor seguridad. Hasta que consigas captar el movimiento y transmitir la vida que alienta en tus personajes.
La anatomía comparada nos sirve para dibujar elefantes o pingüinos y para constatar que no somos tan diferentes del resto de los animales como nuestra soberbia pretende.

La perspectiva es el arte que nos ayuda a colocar cada objeto o figura en su sitio y en justa correspondencia con los demás, pero sólo en el papel; para poner en su sitio a la gente que nos fastidia por ahí, no vale, que ya lo he intentado yo unas cuantas veces. La arquitectura no se entendería sin la perspectiva, al menos, cuando representamos las tres dimensiones en las dos de nuestros dibujos.
Dotando a nuestras escenas de luces y sombras, con la magia del claroscuro, les damos profundidad, y los cuerpos adquieren relieve, volumen.
Lo más apasionante, quizás, es el tiempo que le dedicamos a estudiar la época, el lugar y las circunstancias en que ambientaremos nuestro relato. Es lo que llamamos recabar la documentación, que abarca desde la ropa o uniformes correspondientes hasta los medios de transporte y costumbres que proceda en cada caso… Así, te puedes tirar semanas leyendo divertidas historias de piratas y esbozando majestuosos galeones, como parte de tu trabajo. Si dejamos a un lado el ligar, ¿conocéis algo mejor?
Pues, para dibujar tebeos, sólo necesitamos un lápiz y cierta habilidad en el manejo de la plumilla y el pincel con la tinta china. Es cierto que la adquisición de esa destreza puede costar años, pero son años pasándotelo bien.
Cada cual tiene su propio gusto para componer sus escenas, o sea, para distribuir las figuras en cada viñeta, y la disposición del conjunto de varias viñetas constituirá nuestro particular montaje de la página. Aplicamos nuestros criterios estéticos, sin olvidar que también tenemos que considerar la eficacia narrativa y el dinamismo del relato secuencial. Pero no temáis, que no voy a enrollarme explicándoos cómo se consigue todo eso.
En casa tienes que comer lo que se guise ese día, y en clase, estudiar lo que toque, si te gusta como si no. Dibujando tus propias historietas, te sientes dios porque eres dueño del destino de tus personajes; tú los escoges y tú mismo les dices cómo tienen que actuar en cada momento. Y en tus tebeos sí que puedes ajustar cuentas con todo el mundo: puedes caricaturizar a esa profesora que la tiene tomada contigo y hasta puedes ajusticiar al borde que a la menor ocasión intenta montárselo con tu chica, aunque te saque dos palmos.

El tebeo es un medio de expresión, que, a veces, alcanza la categoría de arte, pero que, casi siempre, se consume como mero entretenimiento. Y hoy, tal vez lamentablemente, los niños disponen de mucha distracción presuntamente gratuita a su alcance. Si te expresas, es con la pretensión de que alguien descifre tus mensajes. Si no encontramos a nadie al otro lado, la industria editorial entra en crisis y no publica tus tebeos. Sería como predicar en el desierto.
Yo nací con facilidad para el dibujo y con tendencia a fantasear…. Dibujé a todas horas hasta los catorce años, pensando que no había nada mejor, hasta que descubrí que las niñas se convertían en algo extraño que a mí se me antojaban mujeres, aunque ahora estoy convencido de que seguían siendo niñas, y apenas dibujé otra cosa que retratos de las chicas que me gustaban, y así conseguía que me miraran un rato e intentaba ligar con ellas, hasta que cumplí los diecinueve y conocí la maldición bíblica que nos obliga a ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente y ponía fin a una infancia prolongadamente feliz, despreocupada, irresponsable y dolorosamente fugaz. Tanto, que inmaduro quedé para el resto de mis días.
Si tenía que trabajar, pues que fuera en lo más divertido que conozco: dibujando tebeos. Y mi voluntad me abrió paso contra viento y marea. Con algunos de mis mejores amigos, me inicié en el oficio de la historieta. Ahora, me pagaban en libras esterlinas o en dólares para que ilustrase las aventuras de “Tarzán”, publicadas en más de treinta países. Creé a mis propios personajes, y también conocen una docena de ediciones en diferentes lugares del mundo: desde Barcelona o Portugal hasta Yugoslavia o Canarias.

Hoy, por la crisis editorial y por mi falta de sintonía con las modas imperantes, apenas dibujo algún tebeo, pero sigo disfrutando los que más me gustan, de otros tiempos y, más raramente, actuales. Atesoro miles de originales de los mejores dibujantes de todo el mundo y mantengo un contacto fluido con mis colegas y amigos.
Además de dibujar, pinto cuadros a la acuarela y al óleo; en casa, desnudos con modelo, y al aire libre, paisajes, en alegres excursiones con otros pintores.
Las ideas que antes aprovechaba para el argumento de mis tebeos, ahora las utilizo para los cuentos que comparto bimestralmente con mis amigos en los cuadernos de la asociación literaria La Molineta. (Actualmente aparecen en MOLÍNeA).

Ya recordáis el dicho: “Ojos que no ven, corazón que no llora”. Sirve para consolar a los ignorantes. Yo conozco el talento de algunos de los más grandes artistas de toda la historia, como Jesús Blasco, Luis Bermejo, José Ortiz, Miguel Quesada, Jorge Franch Cubells, José Luis García López, Carlos Giménez, Eduardo Teixeira Coelho, Ferdinando Tacconi, Dino Battaglia, Paul Gillon, Jean Giraud, Raymond Poïvet, Winsor Mc Cay, Harold Foster, Alex Raymond, Alex Toth, José Luis Salinas, Jorge Moliterni, Arturo del Castillo, Joâo Mottini…, y puedo permitirme cierta condescendencia socarrona con quienes se están perdiendo el disfrute de sus obras, ya que, si sólo saborean a Ludwig van Beethoven, Virginia Woolf, Pablo Ruiz Picasso, Fidias, Filippo Brunelleschi y David W. Griffith, sus conocimientos culturales quedan incompletos.
De manera que, si tu fantasía quiere reorganizar sobre un papel el caos que nos envuelve, impulsa y agobia, olvida el realismo práctico y no calcules las salidas laborales de tu pasión por narrar. Si te gusta contar historias valiéndote del dibujo y la palabra, estudia plástica y lengua.

Juan Espallardo

(Conferencia inaugural del curso 2006-2007, publicada en un cuaderno por el IES GOYA, de Molina de Segura)