Un libro paradójico y habitable




Tuvimos que inventar la infinitud y la eternidad del universo para contrarrestar nuestra lamentable soberbia. Somos tan poquita cosa y, a la vez, atolondradamente, nos consideramos la medida de todas las cosas. Cuando vienen mis amigos a casa, les doy la bienvenida, ofreciéndoles lo mismo que mí me gusta tomar: horchata, té verde, zumo de naranja, chocolate, galletas…Así, nos endulzamos la boca mientras juzgan mis últimos cuadros o hablamos de libros, de países lejanos y soñados o de mujeres amadas y cercanas.

No sé por qué le llaman página web a algo que, en realidad, es todo un libro. El libro que los amigos llenan con sus panegíricos cuando te mueres. Y lo ilustran, precisamente, con algunos de tus cuadros y dibujos que tal vez tú desconsiderarías. A menudo, sucede que te piden tu historial, catálogos de exposiciones, fotos de cuadros o dibujos y tu programa para un curso o una exposición, que no siempre llega a realizarse, claro.

Bueno, pues aquí tienen los eventuales interesados desde mi biografía hasta muestras de pintura china y occidental, de mis tebeos y también de los cuentos que escribo, sin necesidad de andar sacando fotocopias o remitiendo fotos por correo electrónico. Y, de paso, les doy en el gusto a esos amigos empeñados en que les deje ver algunos de los trabajos en los que vierto mis inquietudes. Y éstos, sí, éstos los escojo yo, antes de morirme, entre los que más me envanecen.